Villa Epecuén: el pueblo que el agua se tragó… y devolvió
A unas seis horas de Buenos Aires hubo un pueblo que vivía del agua. Villa Epecuén creció junto a un lago diez veces más salado que el mar —solo el mar Muerto lo supera— y en los años setenta recibía cada verano a miles de visitantes que llegaban en tren para flotar en sus aguas y curarse el reuma, la piel o simplemente el ánimo.
El 10 de noviembre de 1985, tras años de lluvias fuera de lo normal, el terraplén que contenía el lago cedió. No hubo una ola: el agua entró despacio, calle a calle, y dio tiempo a que todos se marcharan. Nadie murió. Pero en pocas semanas el pueblo entero —hoteles, la iglesia, el matadero, las calles arboladas— quedó sepultado bajo varios metros de agua salada.
Y así estuvo un cuarto de siglo. Villa Epecuén desapareció de los mapas y casi de la memoria, convertida en una Atlántida argentina de la que solo asomaban las copas muertas de los árboles.
Hasta que, hacia 2009, el agua empezó a retirarse. Lo que devolvió no fue un pueblo, sino su esqueleto: ruinas blanqueadas por la sal, árboles petrificados, escaleras que suben hacia habitaciones que ya no existen. Un paisaje de otro planeta a orillas de un lago tranquilo.
Un solo vecino regresó a vivir entre las ruinas: Pablo Novak, que pasó sus últimos años recorriendo en bicicleta las calles de su infancia, con su perro, saludando a los curiosos que llegaban a ver el pueblo que volvió del agua. Hoy Epecuén se visita, se fotografía y, sobre todo, se siente: pocos lugares del mundo cuentan tan claro que nada —ni siquiera un pueblo entero— es para siempre.